La Casa que Nos Traduce (Capítulo 1): Los Cimientos
El aire del Matarraña olía a tierra seca, a almendros y a la promesa frágil de un nuevo comienzo. Un olor limpio, honesto, tan diferente del aire viciado de nuestro apartamento en Barcelona, un aire que en los últimos meses había empezado a oler a silencio y a pólvora sin detonar. Aquí, bajo el sol crudo de Teruel, el silencio era diferente. Era un silencio expansivo, un lienzo en blanco sobre el que pretendíamos pintar nuestro futuro. O, al menos, eso era lo que nos decíamos.