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Mostrando entradas de octubre, 2025

El Jardín que Nos Queda (Capítulo 4): La Última Rosa (Final)

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Las palabras, una vez lanzadas, no pueden recogerse. Se quedan flotando en el aire, se incrustan en las paredes, envenenan el silencio. Y las palabras de Alba, "Quizás prefieres a los muertos porque no te exigen nada", se habían convertido en la atmósfera irrespirable de la casa.

La Cicatriz del Audio

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El insomnio es un océano negro, y yo llevo años a la deriva en él. Son las tres de la mañana en Bilbao, y la ciudad, ahí fuera, respira bajo una fina capa de lluvia. El mundo duerme, pero mi mente no. Mi mente es un hervidero de voces, de ecos, un torbellino de emociones que no sé cómo apagar. Mi psiquiatra lo llama Trastorno Límite de la Personalidad. Yo lo llamo vivir con la piel del revés.

El Jardín que Nos Queda (Capítulo 3): Flores de Sombra

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Federico. El nombre era un fantasma que ahora habitaba cada rincón de la casa, cada silencio. Para mí, se había convertido en una obsesión. Me pasaba las noches en vela, releyendo sus cartas, las palabras de un hombre muerto escritas para una mujer cuya memoria se había desvanecido. Era una intrusa en la historia de amor más triste que había conocido.

El Rostro que Nunca Guardo

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Mi mundo no tiene caras. Es una multitud de fantasmas anónimos. Un mar de cuerpos con borrones en el lugar donde deberían estar los rasgos que definen a una persona. Sufro de prosopagnosia, una ceguera selectiva para los rostros. Mi cerebro ve los ojos, la nariz, la boca, pero es incapaz de ensamblarlos en una identidad reconocible. Vivo rodeada de extraños. Mi propia madre, si me la cruzo por la calle, es solo una mujer más de setenta años con el pelo teñido de rubio.

El Jardín que Nos Queda (Capítulo 2): Las Malas Hierbas

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La mañana siguiente, el sol entró en la cocina con una alegría insolente, ajeno a la glaciación que se había instalado en nuestro hogar. El aire era denso, pesado con las palabras no dichas de la noche anterior. Alba se movía por la cocina con una eficiencia tensa, preparando el café, cortando la fruta, reconstruyendo su fortaleza de normalidad. Su silencio no era de paz, era un muro.

El Silencio de las Redes

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El olor. Eso fue lo primero que me golpeó al abrir la puerta de la casa. No era el olor a cerrado, a polvo y a tiempo estancado. Era algo más profundo. Olía a salitre incrustado en la madera, a redes secándose al sol y a la ausencia de mi marido, a la ausencia de Roi. Diez años, y su fantasma todavía impregnaba cada rincón, cada viga, cada tabla del suelo que crujía bajo mis pies.

El Jardín que Nos Queda (Capítulo 1): Tierra Muerta

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Nuestro amor olía a lavanda y a desinfectante. La lavanda era por las toallitas con las que limpiaba la piel frágil y translúcida de Carmen, la madre de Alba. El desinfectante era por todo lo demás. Era el olor de nuestra vida, el aroma aséptico de una relación que se había convertido en un turno de enfermería de veinticuatro horas.

La Última Réplica

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El estudio olía a la ausencia de Ana. Era una fragancia compleja y fantasmal, una mezcla de la trementina seca que ella odiaba, el polvo acumulado sobre sus libros de programación y, sobre todo, la desaparición de su perfume, esa estela de verbena y cítricos que antes impregnaba cada rincón. Mi estudio en El Carmen, antes un santuario de creación compartida, se había convertido en su mausoleo. Y yo era su guardián, un sacerdote roto en un templo de recuerdos.