La Casa que Nos Traduce (Capítulo 2): Las Paredes
La roca, al final, fue dinamitada. La solución fue tan brutal y desproporcionada como el estado de nuestro matrimonio. Elena, tras una noche en vela redibujando planos y haciendo cálculos febriles, había decidido que no iba a ceder ni un centímetro. No iba a permitir que una anomalía geológica dictara la forma de su universo. Así que contrató a un equipo de especialistas de Zaragoza, hombres con rostros de piedra y manos expertas en la destrucción controlada.
La explosión fue sorda, un golpe seco que pareció venir de las entrañas de la tierra. Levantó una nube de polvo rojizo que se asentó lentamente sobre los almendros. Después, el silencio. Fui con Manuel, el jefe de obra, a ver el resultado. Donde antes había un obstáculo, ahora había un cráter, un hueco feo y desigual.
—Ya no hay roca —dijo Manuel, negando con la cabeza—. Pero ha dejado un buen agujero. Habrá que rellenar, compactar... más tiempo, más dinero.
Elena se acercó, examinando el cráter con una satisfacción fría, como un general inspeccionando un campo de batalla después de una victoria pírrica.
—El precio de la precisión nunca es demasiado alto —dijo.
Para celebrar la "victoria", insistió en que nos hiciéramos una foto junto a la primera hilera de ladrillos que los albañiles, finalmente, pudieron empezar a colocar. Fue una escena surrealista. Le di mi móvil a Manuel. Nos pusimos uno al lado del otro, el cráter de la dinamita a nuestra espalda. "Sonreíd", dijo Manuel, incómodo. Elena forzó una sonrisa tensa, una línea recta y sin alegría. Yo intenté imitarla. El resultado fue el retrato de dos extraños en un paisaje bombardeado, pretendiendo construir un hogar sobre un agujero del que aún salía humo.
Levantar las paredes debería haber sido un acto de creación, un momento de esperanza tangible. Ver cómo los planos, esas abstracciones de líneas y números, se convertían en una realidad tridimensional. Pero para nosotros, fue el proceso de construir nuestra propia prisión, ladrillo a ladrillo. Y Elena era la arquitecta, la carcelera y la prisionera más vigilante.
Su TOC, antes una colección de manías privadas y controlables, se desbordó. La obra se convirtió en su única razón de ser, el único universo donde su obsesión por el orden no solo era aceptada, sino que podía ser disfrazada de profesionalidad.
Pero era una enfermedad. Lo veía en la forma en que sus días empezaban antes del amanecer. La oía salir de la cama del hotel con un sigilo de ladrón, y yo, fingiendo dormir, escuchaba el sonido de su coche arrancando en la oscuridad. Iba a la obra sola, con una linterna frontal, para comprobar el trabajo del día anterior.
La oía discutir con los albañiles por un milímetro. Un puto milímetro. La junta entre dos ladrillos. El nivel de un alféizar. El ángulo de una esquina.
—Está desviado —decía, su voz cortante.
—Señora, es un muro. Cuando lo enyesemos, no se notará nada...
—Yo lo sabré —replicaba ella—. Y si yo lo sé, la casa lo sabe. Y una casa que nace torcida está condenada a derrumbarse.
Los obreros empezaron a odiarla. La llamaban "La Medidas". Intercambiaban miradas de exasperación a sus espaldas. El ritmo de la obra se ralentizó hasta convertirse en una agonía. Un muro que debería haberse levantado en un día tardaba tres. Cada ladrillo era sometido a un escrutinio tan intenso que parecía que estuviéramos construyendo una pirámide, no una casa de campo.
Y yo me sentía cada vez más alienado, más inútil. Mi rol en la obra se había reducido al de un asistente sin sueldo. Llevaba cafés, mediaba en las discusiones, intentaba convencer a Elena de que comiera, de que durmiera. Era el cuidador de su obsesión.
Así que empecé a huir. Mis paseos por el campo se hicieron más largos. Mis visitas a Valderrobres, más frecuentes. El bar "Lo Sindicat" se convirtió en mi verdadero refugio. El olor a serrín, a café quemado y a vino rancio era un bálsamo contra el olor a cemento fresco y a la ansiedad de Elena.
—Ahí viene el poeta —decía Mariano, el dueño, cuando me veía entrar.
Me sentaba en mi rincón de siempre, con mi cuaderno y un vaso de vino. Observaba. Escuchaba. La vida del pueblo fluía a un ritmo diferente, un ritmo humano. Los viejos jugaban al guiñote, sus manos nudosas golpeando las cartas sobre la mesa de mármol. Hablaban de la cosecha, de la política, del tiempo. Sus conversaciones eran un tapiz de historias, de silencios, de verdades a medias.
Y yo escribía. No poemas, no mi propia ficción. Traducía. Estaba trabajando en una antología de poetas portugueses, almas melancólicas y expertas en la saudade. Era mi escape. Sumergirme en el dolor de otro para no sentir el mío propio. Era más fácil traducir la palabra "soledad" que admitir que me sentía profundamente solo en mi propio matrimonio.
Una tarde, ella vino a buscarme.
La vi entrar y el bar enmudeció. Elena no pertenecía a ese lugar. Con sus botas de diseño cubiertas de barro, sus vaqueros caros y su chaqueta técnica, parecía una exploradora de otro planeta. Su energía tensa y urbana era una disonancia en la calma polvorienta del bar.
Se acercó a mi mesa. No miró a nadie. Sus ojos grises se clavaron en mí.
—El camión de las ventanas ha llegado antes de tiempo. El jefe de obra necesita que estés allí para decidir la orientación exacta de la apertura de la hoja principal del ventanal del salón.
No era una petición. Era una orden. Dicha con una voz clara y fría para que todo el bar la oyera. Para que todos supieran quién tenía el control. El poeta de Barcelona no era más que el consorte de La Medidas.
Me levanté, dejando unas monedas sobre la mesa. Sentí las miradas de los viejos sobre mi nuca. No eran miradas de burla. Eran de una extraña compasión.
—Gracias, Mariano —dije en voz alta.
—Cuando quieras, Marcos —respondió él.
El camino en coche de vuelta a la obra fue un nuevo círculo del infierno silencioso. Ella no me reprochó nada. Era peor que eso. Simplemente me ignoró, como si yo fuera un objeto que había ido a recoger.
—Podrías haber llamado —dije finalmente, rompiendo el silencio.
—Lo hice. Tenías el móvil apagado —respondió, sin apartar la vista de la carretera.
—Necesito desconectar de vez en cuando, Elena. Necesito un espacio.
—Tu espacio está en la obra. Nuestra obra. O es que ya lo has olvidado.
—No, no lo he olvidado. ¿Cómo podría? Pasas veinticuatro horas al día recordándomelo. Recordándome que esa casa es tuya, que las decisiones son tuyas, que mi única función es firmar los cheques y aplaudir tu genio.
—No es mi casa, es nuestra casa.
—¡No, no lo es! —estallé—. Es tu maqueta. Es tu manifiesto. Es el puto mausoleo que le estás construyendo a nuestro matrimonio muerto. Un sitio perfecto, simétrico y frío donde podamos venir a pudrirnos en silencio.
Frenó en seco en mitad del camino de tierra, levantando una nube de polvo. Se giró para mirarme, y por primera vez en semanas, vi algo más que control en sus ojos. Vi una herida.
—¿Eso es lo que piensas? —preguntó, su voz un temblor contenido.
—Es lo que me haces sentir.
—Pues quizás deberías sentir un poco más y beber un poco menos —replicó, y cada palabra fue una bofetada—. Mientras tú intentas encontrar el alma del Matarraña en el fondo de un vaso de vino, yo intento construirnos un puto futuro. Un sitio donde podamos respirar. Un sitio que nos salve.
—¿Salvar? —me reí, una risa amarga que sonó horrible—. ¿Construyendo muros? Irónico, ¿no crees?
No respondió. Volvió a arrancar el coche y condujo el resto del camino sin decir una palabra más.
Cuando llegamos a la obra, el camión de las ventanas estaba esperando. Un enorme ventanal de tres hojas, la pieza central del salón, la gran promesa de "integrar el paisaje en la casa", descansaba sobre unos caballetes.
Elena se bajó del coche y se transformó. La mujer herida desapareció. Volvió la arquitecta. Empezó a dar órdenes, a medir, a comprobar. Yo me quedé a un lado, sintiéndome más espectador que nunca.
El jefe de obra se me acercó.
—No os lo toméis a mal, Marcos —dijo en voz baja—. Construir una casa es peor que un parto. Saca lo peor de la gente. Pero al final... al final, si los cimientos son buenos, la casa aguanta.
Lo miré. Quería creerle. Pero yo sabía que nuestros cimientos estaban podridos. Y las paredes que estábamos levantando no eran para protegernos del mundo. Eran para separarnos el uno del otro, para darnos a cada uno una celda perfectamente diseñada en nuestra prisión compartida.
Una noche, no pude dormir. La cena había sido otro ejercicio de silencio tenso. Elena se había ido a la cama temprano, "para revisar unos cálculos". Yo me quedé en el pequeño salón de la casa rural que habíamos alquilado, con una copa de vino y el manuscrito de la novela que estaba traduciendo.
Era una novela difícil, de un autor portugués atormentado. La historia de un hombre que pierde la memoria y trata de reconstruir su identidad a través de los objetos de su propia casa. Cada objeto le cuenta una historia, pero no sabe si es la suya o la de un fantasma.
Me sentía peligrosamente identificado.
Trabajé durante horas, sumergido en la melancolía de otro. La traducción era mi droga. Me permitía habitar otras vidas, sentir otros dolores. Cuando me quise dar cuenta, eran las tres de la mañana.
Me levanté, con la espalda agarrotada. Fui a la cocina a por un vaso de agua. Al pasar por delante de la puerta de nuestro dormitorio, vi que la luz seguía encendida. La puerta estaba entreabierta. Me asomé.
Elena estaba dormida sobre la cama, pero la postura de su cuerpo era de todo menos relajada. Estaba boca abajo, todavía vestida, como si se hubiera derrumbado por el puro agotamiento. A su lado, extendidos sobre las sábanas, estaban los planos, su tablet, sus calculadoras. Y su portátil, abierto.
Me acerqué, con la intención de apagar la luz y taparla con una manta. Pero entonces vi lo que había en la pantalla de su portátil.
No eran planos ni cálculos. Era mi manuscrito. Mi traducción. La que yo había dejado sobre la mesa del salón.
Sentí una oleada de frío. Una invasión de mi privacidad. Mi cueva. Mi último refugio. Había entrado en él.
Estaba a punto de cerrar el portátil, furioso, cuando algo en la pantalla me llamó la atención. No era mi texto. Era un documento aparte, un bloc de notas digital.
Y en él, Elena había estado escribiendo.
No eran notas de arquitectura. Eran frases sueltas. Pensamientos.
Leí la primera línea.
"Hoy he traducido 'saudade'. Significa la nostalgia por algo que quizás nunca existió. Creo que esa palabra define nuestro matrimonio".
Seguí leyendo.
"He traducido 'silencio'. El autor lo describe como un grito ahogado. El nuestro es un desierto. Frío y vasto".
"He traducido 'herida'. No es un corte limpio. Es una grieta que se extiende, invisible, bajo la superficie. Como la roca que no vimos venir".
Página tras página. Elena no estaba leyendo mi traducción. Estaba usando mi trabajo como un diccionario para traducir su propio dolor. Estaba intentando entenderme, no a través de mis palabras, sino a través de las palabras de otros que yo le daba.
Y entonces leí la última anotación, escrita esa misma noche.
"Hoy he traducido 'traición'. La palabra es hueca. No tiene la textura de su silencio ni el color de la decepción en sus ojos. No lo describe. No lo contiene. Es una palabra demasiado pequeña para un dolor tan grande".
Me quedé paralizado, mirando la pantalla, el corazón latiéndome en los oídos. Ella creía que yo la había traicionado. Mi huida al bar, mi desconexión, mi silencio... ella lo había traducido como un abandono, como una traición.
En ese momento, se movió en sueños. Murmuró algo, una palabra que no entendí. Y una sola lágrima se deslizó por su mejilla y cayó sobre la almohada.
Me di cuenta de que no tenía ni idea de quién era la mujer con la que llevaba quince años casado. Y me di cuenta, con un horror helado, de que ella tampoco tenía ni idea de quién era yo. Éramos dos extraños viviendo bajo el mismo techo, hablando en idiomas diferentes, usando las palabras de otros para intentar descifrar nuestro propio y doloroso silencio.
La casa que estábamos construyendo no era un hogar. Era una torre de Babel. Y sus paredes, que subían cada día un poco más, solo servían para que el eco de nuestra incomprensión resonara más fuerte.
Continuara...
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