La Casa que Nos Traduce (Capítulo 4): La Tormenta


El sonido del cristal haciéndose añicos fue como un disparo en la quietud de la tarde. Un sonido agudo, cristalino, seguido por el tintineo musical de mil fragmentos cayendo sobre el suelo de hormigón. Y luego, un silencio sobrecogedor, más pesado que antes, un silencio que parecía absorber el propio aire. Los obreros se quedaron paralizados, sus herramientas suspendidas en el aire, sus rostros una mezcla de incredulidad y miedo. Manuel, el jefe de obra, abrió la boca para decir algo, pero la cerró de inmediato, comprendiendo que aquello ya no era una discusión sobre arquitectura. Aquello era algo mucho más antiguo y mucho más salvaje. 

Marcos se quedó allí, de pie frente al hueco dentado de la ventana rota, con el martillo todavía en la mano, colgando a un lado de su cuerpo como un peso muerto. Su pecho subía y bajaba con una respiración agitada. No me miraba a mí. Miraba a través de mí, su rostro una máscara de una calma que era mil veces más aterradora que cualquier grito. Había cruzado una línea. Había respondido a mi violación emocional con un acto de violencia física contra nuestro sueño. Y en ese acto, había equilibrado la balanza de una forma terrible. 

Y entonces, como si el propio cielo hubiera estado esperando esa señal, la primera gota de lluvia cayó sobre mi cara. Grande, fría y pesada. Le siguió otra, y otra. En cuestión de segundos, la tarde soleada se desgarró, y una tormenta de verano, de esas repentinas y brutales del Matarraña, se desató sobre nosotros. 

La lluvia caía a plomo, convirtiendo el polvo rojo en un barro espeso y resbaladizo. Se colaba por el hueco de la ventana rota, y por los cientos de huecos del tejado a medio construir, azotando el interior de nuestra casa-esqueleto. El viento aullaba entre las paredes a medio levantar, convirtiendo nuestra futura casa en una jaula de corrientes de aire y lamentos. 

—¡Recoged todo! —gritó Manuel a sus hombres—. ¡Vámonos de aquí! 

Los obreros, aliviados de tener una excusa para huir de la tormenta, tanto la meteorológica como la nuestra, empezaron a cubrir las herramientas y los sacos de cemento con plásticos. En pocos minutos, el ruido de sus furgonetas alejándose fue devorado por el sonido de la lluvia. 

Nos quedamos solos. Él y yo. En medio de la estructura a medio construir, empapados hasta los huesos, con la tormenta rugiendo a nuestro alrededor. Era un escenario perfecto. Una metáfora tan obvia que resultaba casi insultante. 

Él soltó el martillo. Cayó al barro con un chapoteo sordo. Y entonces, finalmente, me miró. Y la calma se rompió. 

—¿Contenta, Elena? —gritó, su voz un rugido que luchaba por imponerse al trueno—. ¿Esto era lo que querías? ¿Controlarlo todo hasta romperlo? 

—¡Yo no he roto nada! —chillé, mi propia voz aguda y desconocida, la voz de una extraña histérica—. ¡Tú lo has hecho! ¡Tú has roto la ventana! 

—¡He roto una puta ventana! ¡Tú has reventado mi alma! ¡Has entrado en mi cabeza y has usado mis propios pensamientos en mi contra! ¡Me has convertido en uno de tus proyectos, en una estructura defectuosa que había que apuntalar! 

—¡Intentaba entenderte! ¡Intentaba salvar esto! 

—¡No, no intentabas entenderme! ¡Intentabas arreglarme! —caminó hacia mí, el barro salpicando a cada paso furioso—. ¡Como arreglas un plano, como arreglas una viga desviada! ¡Con cálculos y estrategias! ¡Nunca se te ocurrió la solución más simple, la más humana! ¡Hablar! ¡Preguntar! 

—¿Preguntar? ¿Preguntarte qué, Marcos? ¿Por qué llevas años viviendo a mi lado como un fantasma? ¿Por qué has dejado que un muro de silencio crezca entre nosotros hasta el punto de que tengo que leer las notas de un autor muerto para saber que mi propio marido se siente solo? 

—¡Porque tenía miedo! —gritó, y su grito fue de una honestidad tan brutal que me hizo retroceder—. ¡Miedo de ti! ¡Miedo de tu juicio! ¡Miedo de no estar a la altura de tus estándares imposibles! ¡Cada palabra que digo, la analizas! ¡Cada gesto que hago, lo mides! ¡Vivo con la puta arquitecta de mi vida diciéndome constantemente que mis emociones no son simétricas, que mi dolor no está a escuadra! 

—¡Eso no es verdad! ¡Yo te amo! 

—¡No, tú no me amas a mí! —dijo, y se paró frente a mí, tan cerca que podía sentir el calor de su rabia a pesar del frío de la lluvia—. Tú amas la idea de mí. Amas al poeta bohemio que encaja en tu vida perfecta y ordenada como un contrapunto romántico. Amas la historia que nos contamos. Pero no amas al hombre real. Al hombre desordenado, inseguro, que a veces bebe demasiado y que echa de menos a su padre. A ese hombre lo desprecias. A ese hombre intentas demolerlo y reconstruirlo a tu imagen y semejanza. 

—Eres injusto... 

—¿Injusto? —Se rio, una risa amarga que se perdió en el viento—. ¿Injusto es leer tus pensamientos más íntimos y usarlos para manipularte? ¿Para hacerte creer que por fin estamos conectados cuando en realidad solo te estoy manejando como a una marioneta? ¿Eso es lo que has estado haciendo, verdad? Cada palabra amable, cada gesto, ¿estaba en mi diario? 

Me quedé en silencio, la lluvia helada resbalando por mi cara, mezclándose con las lágrimas que por fin empezaban a brotar. Lágrimas calientes de rabia y de vergüenza. Mi silencio fue una confesión. 

Él cerró los ojos, como si acabara de recibir un golpe físico. 

—Dios, Elena... —susurró—. ¿Hasta dónde llega esto? ¿Hasta dónde llega tu necesidad de control? Nuestro matrimonio no es un edificio. No puedes arreglar las grietas con un poco de yeso y una mano de pintura. 

—¡Pues entonces ayúdame! —supliqué, mi voz rota—. ¡Dime qué hacer! ¡Si no es esto, entonces qué! 

—Quizás nada —dijo, su voz de repente vacía, agotada—. Quizás el problema es que no hay solución. Quizás somos fundamentalmente incompatibles. Como el aceite y el agua. Como la línea recta y el círculo. Quizás hemos pasado quince años intentando encajar una pieza cuadrada en un agujero redondo. 

—No digas eso. 

—¿Por qué no? Es la verdad. Y ya que estamos en el día de las verdades... aquí tienes otra. Odio esta casa. Odio lo que representa. Odio este proyecto estúpido que se suponía que iba a salvarnos y lo único que ha hecho ha sido darnos un escenario más grande para nuestra guerra. 

—Es nuestro sueño... 

—¡No, era tu sueño! ¡Tu sueño de una vida perfecta, ordenada, simétrica! ¡Mi sueño era una vida contigo! ¡Contigo, Elena! ¡No con tu maqueta! ¡Mi sueño era un porche desordenado, sí, pero contigo sentada en él, riéndote! ¡Una cocina caótica, sí, pero contigo manchándote de harina mientras intentamos hacer pan! 

La rabia se había ido de su voz. Ahora solo había un dolor inmenso, un cansancio infinito. 

—La presión de vivir contigo, de vivir con tu perfeccionismo, es como vivir bajo el agua. Al principio intentas adaptarte, aprendes a contener la respiración. Pero al final, te quedas sin aire. Y yo, Elena, hace mucho tiempo que me estoy ahogando. 

Cogió su chaqueta del coche. Estaba empapada. Se la puso. 

—¿Adónde vas? —pregunté, aterrada. 

—No lo sé. Al bar del pueblo. A cualquier sitio donde no tenga que sentirme constantemente medido y evaluado. 

—Marcos, por favor... está lloviendo. 

Él me miró una última vez. Su mirada no era de odio. Era peor. Era de una indiferencia absoluta. Como si mirara a una extraña. 

—Porque cuando te miro, Elena —dijo, y su voz era apenas un murmullo que la tormenta casi se lleva—, ya no sé si quiero construir una casa o una jaula. 

Se dio la vuelta y empezó a caminar por el camino de tierra, que ahora era un río de barro. La lluvia caía sobre él, pegándole la ropa al cuerpo, pero él no pareció notarlo. Caminaba con la espalda recta, con una determinación que no le había visto en años. La determinación del que por fin ha dejado de luchar. 

Lo vi alejarse, su silueta haciéndose cada vez más pequeña, hasta que fue devorada por la cortina de lluvia y la niebla que bajaba de las montañas. 

Me quedé sola. Sola en medio de la estructura a medio construir, el esqueleto de nuestro fracaso. El agua caía por el hueco de la ventana rota, formando un charco a mis pies. Me arrodillé en el barro, sin importarme el frío, sin importarme nada. El sonido de la tormenta era ensordecedor. Pero el silencio que él había dejado atrás era mucho, mucho peor. Era el silencio de un final. Y en ese silencio, por primera vez, me di cuenta de que la casa no era el problema. La casa era solo el espejo. Y el monstruo que me devolvía la mirada, el monstruo controlador y perfeccionista que había ahogado a mi propio marido, era yo. 

Continuara...


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