Lo que el Verano se Quedó
La llave se resistió. Chirrió en la cerradura con el sonido áspero del óxido y la terquedad de los años. Durante un instante, pensé que no cedería, que la casa, como el pueblo, había decidido rendirse y sellarse para siempre. Pero entonces, con un último esfuerzo y el quejido agónico del metal, el pestillo se retiró. La puerta se abrió hacia dentro, liberando una bocanada de aire que no era de este siglo. Olía a polvo, a madera seca, a tiempo detenido. A ausencia.